Debo confesarlo: soy venezolano y serlo es prueba
suficiente de que conozco a los demás venezolanos y que -por ello- he perdido
todo vestigio de fe en esta precaria humanidad, esta en que sobrevivimos, o
sobremorimos, y es que no queda ya en este país infestado de ratas, más que la
peste de la traición, hambre y moscas. Solo -si acaso- queda el suelo que
pisamos y bastantes venezolanos auténticos, para iniciar una cruzada de tierra
arrasada que destruya lo que ya no funcione, y permita el nacimiento de un
nuevo país, sin la escoria que nos lastra. Es, así lo veo, la única solución,
más allá de pisar por última vez el cinetismo policromático de Carlos Cruz Diez
en el Simón Bolívar international Airport.
El día en que alguien decidió explotar los bonos
políticos que deja el populismo, en este país se activó un resorte interno que
quebró la sociedad, que la fracturó en dos grupos: uno numeroso y profundamente
ignorante compuesto variopintamente por diversos sectores políticos y
económicos, cuyo único factor aglutinante es su común apetito por los dineros
del Estado, es decir, una clase parasitaria multinivel en la que, como larvas
en los intestinos de la Republica, coexisten desde los miembros de los grupos
delincuenciales de la dictadura, hasta tránsfugas confesos como Luis Florido,
Manuel Rosales o Timoteo Zambrano, y del otro lado al cúmulo de personas que no
esperan del Estado más que las garantías necesarias para vivir con la dignidad
que los medios lícitos de obtención de riquezas les permitan.
Está nuestro error en haber llegado a pensar que la
lucha de clases, ese veneno comunista que propugna la división y la
aniquilación de un sector poblacional, determinaba quiénes vivían y quiénes no,
en base a la clase social, cuando la realidad era más sencilla, más cruel y
mucho más perniciosa, pues en esa macabra matanza la sobrevivencia depende únicamente
de la anulación total de la voluntad humana de aspirar otra cosa que no sea la
dependencia absoluta del Estado y la dictadura.

