Por Rafael Marrón González @RafaelMarronG /
La oposición oficial venezolana, desde la
posición de extrema debilidad en la cual la dejó su renuncia a participar en
las elecciones municipales y la pérdida de las gobernaciones, entre ellas
Miranda y Zulia, esta última por entrega, intentó negociar con un gobierno
judicial, económica y, ahora, políticamente poderoso, cuando en ese punto
estaba postrado desde 2015, con la paliza electoral de la Asamblea Nacional,
capital desperdiciado por una serie de decisiones verdaderamente infantiles,
que siembran serias dudas sobre el conocimiento real que este liderazgo tenía
sobre las características de este régimen, al que la dependencia del petróleo
mantiene constreñido en la esfera democrática, aunque eminentemente técnica. El
resultado, por supuesto que lógico, es desolador para la política, pues mientras
la oposición sin ninguna fuerza efectiva a su favor intentaba convencer de la
necesidad de un entendimiento por el bien del país, el gobierno jugó duro su
baza de la fraudulenta Asamblea constituyente, y con ese as supeditó toda exigencia de la oposición a su
reconocimiento, lo que la entrampó en el cuento del gallo pelón: si la
oposición la reconoce a cambio de ayuda humanitaria, cambio de la composición
del CNE 2 -2-1, libertad de los presos políticos, elimina la AN y la destroza
la opinión pública y se incinerarán sus posibilidades electorales. El fenómeno mediático de las redes sociales
ha destruido la capacidad del liderazgo para tomar acciones según sus propias
perspectivas, como fue siempre su responsabilidad, lo que le impide tomar
decisiones correctas, aunque de beneficio compartido, so pena de ser
estigmatizado, como paradójicamente, en este momento lo es por la leve sospecha
de que lo pueda hacer, al grado de que el gobierno, manipulador de las
emociones del teclado, contribuye
eficazmente con ese harakiri, emitiendo infundios desde las más altas
posiciones de poder, sobre supuestas componendas corruptas y hasta
despreciables, como acusar a los negociadores de Santo Domingo de haber
facilitado información sobre el paradero de Óscar Pérez, infamia que solamente
un desquiciado moral puede admitir como verídico. Esta absurda realidad nos ha
dejado, a los demócratas, sin liderazgo, pues este ha sido pulverizado, más que
por el gobierno, por el pueblo opositor que ha migrado hacia la apuesta por
salidas violentas, denostando la política, cuya última escenificación, luego de
la mortandad, trágica por inútil, de las guarimbas “sin criterio ni dirección”, ha sido la Masacre de El Junquito, en un extraño y
desconcertante operativo demencial de militares, policías y colectivos, dos de estos
últimos asesinados de forma sospechosa, cuya fiereza, solo explicada por el miedo cerval a un golpe de estado – la
sevicia con los familiares de los asesinado lo confirma - es un mensaje contundente
para quien ose cualquier acto de rebelión, lo que pondría fin a las inmolaciones
románticas que han llenado de héroes las páginas de sucesos. Esta posición,
estimulada por la épica histórica del idealismo desesperado, es incomprensible
para la razón, que rechaza este foquismo heroico, con antecedentes en las
guerrillas de los sesenta, dado que todo el poder decisorio de las armas está en manos de los militares y estos apoyan irrestrictamente al gobierno, y más que al
gobierno o a Maduro $ Cia, al sistema que los entronizó en el poder
constitucionalmente, por la más sólida de las razones, la crematística, que
hace bailar hasta el perro que saliva por la plata – además de la corrupción
evidente, los militares ganan 66% más que los profesores universitarios ¿a
cuenta de qué? A eso se refería Chávez cuando alertaba: “…no se equivoquen,
esta revolución es pacífica, pero está armada”, le faltó aclarar que de dólares
a carretadas. Los casos de protesta en el seno del ejército han sido
brutalmente reprimidos y los jóvenes oficiales que han tratado de sublevarse están en la cárcel o muertos, como el primer teniente Rafael Eduardo Arreaza Soto.
El
asunto es muy complejo
Lo preocupante es que se ha cerrado la vía de
la reflexión, se confunde saqueos por hambre con protestas contra Maduro,
cuando, como en el caso de las invasiones que le solucionaron al gobierno el
problema de la vivienda, los saqueos a comercios, fincas y transportes de
alimentos, le resuelve a Maduro $ Cia el asunto del hambre perentoria – barriga
llena, corazón contento. Esa ceguera no capta la terrible realidad que nos ha
reducido a la intemperie moral, y es que el chavismo ha logrado colocarse bajo
el amparo de la consigna de su defensa del pueblo, por el soborno y la
seducción, hasta llegar a la sumisión por la subsistencia, pero, claro, de ese
pueblo, que, desgraciadamente, es inmensa mayoría, traducido como conjunto de
sujetos filosóficamente basales, de subsistencia precaria y reproducción irresponsable
– “ahora si vale la pena salir preñada” - propensos a la violencia para
resolver sus problemas, políticamente manipulables por su ignorancia y de
pensamiento estúpido, que se hace daño con tal de dañar lo que envidia,
impermeable a discursos idealistas, que invocan libertad, democracia o
constitución, solo la palabra igualdad los convoca, más por revanchismo que por
definición. Y contra eso no existe antídoto democrático. Solamente funcionaría
ofrecer el doble de lo que nos ha arruinado como república y como nación. Como
la tarjeta “Mi negra” de Manuel Rosales, que no funcionó por aquello de “más
vale malo conocido que bueno por conocer”. Y, además, los líderes democráticos
carecen de todo ascendiente sobre la población “Maduro vete ya” que cerró la
vía electoral con su abstención “triunfante” – no me explico como triunfa quien
no participa – que se niega a admitir que en casos como el de Venezuela, el
voto es una estrategia provocadora cuya frustración justifica una rebelión
civil que, con el liderazgo adecuado, sí
tumba gobierno por mucha fuerza militar que tenga. Recuerden a Fujimori.
En conclusión
Con el abominable, innecesario y brutal ajusticiamiento - tiros en la frente - de Óscar Pérez y sus compañeros de insurgencia, entre ellos Lisbeth Andreina Ramírez Montilla, de 30 años, estudiante de Odontología, embarazada, además de un crimen horrendo – el comunismo es una secta de asesinos – fue un acto estúpido, que asquea hasta los aliados más recalcitrantes, como escupir para arriba porque elimina cualquier posible duda que pudiera existir sobre la naturaleza de este régimen, y que fue realizado a cámara abierta, todo ha quedado, por ahora, reducido al espejismo de una inminente Trumpada que sacará a Maduro & Cia por las greñas e instaurará una era de felicidad. Por lo que, efluvios mentales aparte, estamos peor que al principio, girando en el vacío en el cual no se vislumbra ni insurrección popular – todavía queda mucho que saquear y “pueblo” no visita redes sociales - ni invasión militar extranjera – Corea del Norte está de primera. El régimen, nucleado por la corrupción, se consolida sobre los restos humeantes del liderazgo opositor, y el desánimo general arrastra los pies desconcertado por la hiperinflación y la escasez que descubre las costillas, o escapa hasta en balsa, al estilo cubano, hacia países vecinos a buscar calidad de vida, por lo que, a sesenta años del 23 de Enero, no se vislumbra en el horizonte cercano salida probable alguna, aunque si seguiremos presenciando, como afirmara la Conferencia episcopal, “acciones de resistencia y rebeldía contra el poder usurpador”, pero bajo la amenaza criminal de candelita que se prenda, candelita que se apagará… a tiros.

