Miguel Aponte @DoublePlusUT /
¿Existe
un populismo bueno? ¿Quién es populista? ¿El pueblo o sus líderes?
¿Populismo es igual a democracia? ¿Ser demócrata supone ser populista?
¿A qué se debe? ¿A dónde conduce? Son muchas preguntas. El tema no es
nuevo. Los antiguos, que inventaron la democracia y la política, lo
reconocieron muy bien, aunque desafortunadamente tampoco lograron
inmunizarse contra él. El populismo es el instrumento de dominación del
demagogo, que lo usa como estrategia para conseguir el control político
de la sociedad; usa las emociones, esperanzas y, sobre todo, los miedos y
resentimientos para conseguir apoyo.
La
ignorancia y la pobreza del pueblo es su garantía, por eso, donde se
instala, iguala por debajo: falsa ilusión de justicia e igualdad que, en
realidad, busca reinar sobre la pobreza. Su destino final siempre es el
autoritarismo, la liquidación de la ciudadanía y todo espacio público.
Los liquida porque necesita controlarlos, algo que, por definición, los
niega. Lo público pertenece al colectivo anónimo que se auto organiza y
no puede ser “estatalizado”. Por esto han fracasado todos los
socialismos; desde su ideología no comprenden al individuo ni la psique
individual y colectiva. Matan lo privado para proteger lo público y
terminan matando toda la sociedad. Lo peor es que no aprenden.
¿Hay
populismo bueno? No, porque niega la política como territorio de la
creación colectiva e individual. Los políticos venezolanos que se
empeñan en repartir miserias al pueblo hambriento y enfermo que es hoy
toda Venezuela, no solo traicionan toda ética democrática, sino que se
acomodan a vivir para siempre de la pobreza del pueblo. Son una
desgracia mayor que la pobreza y la enfermedad y, en realidad, expresan
lo peor de un país que merece un futuro de dignidad y libertad. Si su
afición es la limosna, harían bien en abrazar una religión o suscribirse
a alguna ONG filantrópica; así su obra sería (¿sería?) digna de
encomio. Pero abrazar la política para corromper al pueblo los condenará
para siempre.

