La
política es el territorio de la creación colectiva y la democracia es la
reflexión de la sociedad sobre su ley. Son máximas que se
establecieron desde el comienzo de estas creaciones humanas que son
instituciones colectivas. Definidas así, conservan la inspiración,
amplitud y nobleza con las que fueron creadas, atributos que el cinismo
moderno ha destruido a la sombra de las ideologías. De ninguna manera
podía entenderse que fueran trabajo exclusivo de la ciencia y menos aún
de profesionales, especialistas o “sabelotodo”, con que se pretende
sustituir hoy en día la participación del ciudadano, al que se alienta
primero para luego obligar a dejar todo en manos de burócratas.
No
puede haber ciencia, decían, porque en la política no hay conocimiento
positivo de las relaciones de causa y efecto discernibles y con la
suficiente regularidad como para que fuera posible el establecimiento de
leyes ni divinas ni naturales ni sociales ni históricas y tampoco las
tradiciones son suficientes. La política se inventó precisamente para
que los hombres se ocuparan ellos mismos de aquello que no concernía a
los dioses. La reflexión los llevó a separar lo público de lo privado,
como opuestos que se necesitan entre sí y en el que la destrucción de
uno no puede sino acarrear la destrucción del otro.
Solo
en el siglo xvii comenzaron los pensadores modernos a creer que la
política era una ciencia y lo dijeron precisamente para quitar al
ciudadano el derecho a su participación; fue el origen de una grave
degradación, que estamos sufriendo hasta hoy. Vivir de la política es un
exabrupto y es corrupción de la sociedad que pierde su músculo y cae
luego en manos de irresponsables, delincuentes y enfermos obsesivos,
como efectivamente ocurre en muchos países y no solo en Venezuela. Todo
se convierte en negocio y acomodo, reparto de cuotas y cargos y los
ciudadanos en zombis o idiotas que esperan que sea otro quien piense y
resuelva por ellos, cuando se sabe que esto es imposible.

