Para ningún venezolano, ni
siquiera para los que de alguna forma siguen estancados en el continuismo
dictatorial, el panorama nacional inmediato tiene visos de claridad, todo,
ahora, luce oscuro para nosotros, y es que la dictadura se ha encargado de cerrar
todas las posibles ventanas hacia la democracia y no reparamos en que ello es
lo más obvio dada su naturaleza forajida. No podemos pedirle al régimen que de
buenas a primeras acceda a entregar el poder, lo que sí podemos hacer es
activar todos los mecanismos posibles para demostrar la fuerza que tenemos,
somos mayoría, es cierto, pero somos una mayoría profundamente dividida por la
falta de madurez política.
Dentro de todo este
compendio de cosas que están ocurriendo tanto dentro como fuera de Venezuela, y
que está presionando al régimen a tomar determinadas acciones que le permitan
atornillarse al poder político, la idea de una salida por la fuerza, ya sea
como resultado de una intervención extranjera o como parte de un gran
levantamiento nacional que derrumbe el Statu Quo impuesto por la dictadura, han
sido fantasmas omnipresentes a los que la población ha estado contemplando sin
que alguna de las dos se cristalice, entre otras cosas porque no están creadas
las condiciones necesarias para que ocurran.
Ante la presión
internacional y, hay que admitirlo, haciendo una valedera estrategia de huida
hacia adelante, la dictadura, propone su propia “salida” electoral, teniendo
más que en cuenta la naturaleza fragmentada de la oposición, es, como se diría
en otras jergas, una jugada de librito, y que hay que ser imbécil para no
jugarse una poderosa carta como esta en un momento en el que los principales
líderes políticos de los partidos de oposición juegan a descuartizarse para ver
quién se queda con la banda de candidato, en un juego macabro en el que las
tarjetas de esas organizaciones son la moneda de curso legal que finalmente
producirán un consenso o la división entera de las fuerzas.
El comportamiento egoísta,
sectario y ridículo de los dirigentes de esa suerte de mixtura partidista en el
que el lema parece ser: “Todos contra todos”, le hace más daño al país que la
misma dictadura, porque esa actitud servil, infantil y profundamente inútil, es
la que impide la conformación de una verdadera unidad nacional que vaya desde
las bases hasta la dirigencia, y no al contrario. Es nuestro deber ciudadano
exigir a los buenos para nada de ese bochinche al que llaman MUD, que corran o
se encaramen, que laven o presten la batea, porque de fracasos basados en su
incompetencia neuronal para pensar en el país más que en sus propios traseros,
ya estuvo bueno.
No votar en estas venideras
elecciones en las que nada está garantizado, no es una opción, porque la sola
movilización nacional para la expresión del sentir popular a través del
sufragio, constituye una extraordinaria motivación para mover las fibras más
sensibles del venezolano y crear las condiciones que, bien aprovechadas y con
una estrategia clara y consensuada entre los principales partidos de oposición,
podrán otorgarnos un pase de regreso a la democracia, incluso si la dictadura
se negase a aceptar los resultados, pero para ello es necesario un líder
fuerte, decidido y arriesgado, que sepa convocar en el momento preciso -y sin
temblores de mano- a la voluntad popular. La mesa está servida, ojalá esta vez
los políticos decidan jugársela por un objetivo real y no solo por la ilusión
de ser candidatos.
