Un año, cinco meses y dos semanas. En total han pasado
531 días desde que Ana Isabel Cedeño tomó su última pastilla de Herceptin, un
anticuerpo que utiliza para tratar el cáncer de mama metastásico que padeció en
2012. Trata de no pensar en ese 10 de octubre de 2016, fecha en la que ingirió
la última píldora, ni en que el Estado no ha vuelto a traer el medicamento que
necesita para vivir. Dice que deprimirse es darle espacio a una posible recaída
e incrementa el riesgo de que la enfermedad reaparezca en el organismo. “El
Gobierno me condenó a muerte hace mucho tiempo”, lamenta la paciente de 50
años. Trata de olvidarse también de esa condena que carga sobre sus hombros.
Ana tiene dos hijas: una de 21 y una de 11. La menor es
su mayor motivación para no desfallecer. Trata como puede de llevar una vida
normal: busca a la niña en el colegio y trabaja como voluntaria en la
Asociación Civil Conquistando la Vida (Aconvida), donde sirve de apoyo a otras
mujeres que padecen lo mismo que ella padeció, solo que en medio de una escasez
de medicamentos cruel y severa.
El Herceptin desapareció del pastillero de Ana y solo le
quedó el otro tratamiento, el Aromasin, un bloqueador hormonal que previene la
reaparición del cáncer. Sin embargo, en enero de 2018 la madre de dos ingirió
la última pastilla y no tuvo otra opción que empezar a tomar el único fármaco
de este tipo que trae el Estado actualmente para todas las pacientes
oncológicas, sin distinción alguna: el Anastrazol.
Ana trata de no pensar ni en su enfermedad ni en la
crisis de salud que atraviesa el país, pero en abril le toca hacerse su próximo
control. Mamografía, eco mamario, eco abdominal pélvico, marcadores tumorales y
más exámenes médicos, en los que deberán palparle el pecho con manos y con
máquinas para descartar que no haya ningún bulto extraño debajo de su piel.
Sus últimos controles se los hizo en enero de 2018 y tuvo
que pagar 3 millones 900 mil bolívares por los exámenes médicos, un equivalente
a siete salarios mínimos para el momento. Ahora le toca prepararse, económica y
psicológicamente, para el próximo chequeo.
Nervios. Ansiedad. Plegarias. “¿Paso o no paso el
examen?”, se pregunta Ana cada vez que el aparato frío del eco le presiona el
pecho con fuerza hasta el punto de lastimarla un poquito. Hasta la fecha ha
pasado todos sus chequeos,
pero esta vez le preocupa haber pasado unos días de enero sin tomar el bloqueador hormonal cuando
cambió de tratamiento. “Estoy en manos de
Dios y en cualquier momento puedo recaer”, se recuerda, realista.
De tener todo el tratamiento, a no tener ni una pastilla
A Ana le detectaron un tumor
del tamaño de una naranja y le diagnosticaron cáncer
de mama en marzo de 2012, en una Venezuela en la que existía la
posibilidad de cura. Pudo
colocarse las quimioterapias en un centro
privado y hacerse 33 sesiones de radioterapia
con ayuda de un financiamiento del Banco Central de Venezuela
para ese entonces.
Se le cayó el cabello. Lloró. Superó la enfermedad y
volvió a llevar la vida de una persona sana. Un año y medio después tuvo una
recaída y le diagnosticaron cáncer de mama
metastásico. La segunda vez
tuvo más miedo y todo fue diferente. La metástasis
fue en 2015 y ya el sistema público de salud
empezaba a presentar fallas frecuentes en el suministro de medicamentos.
“El Ivss (Instituto Venezolano de los Seguros Sociales)
me daba el tratamiento, pero yo necesitaba
unos filtros que usaban para colocarme la quimioterapia
vía intravenosa. Eso me costaba conseguirlo”, recuerda Ana.
Hoy acompaña a otras mujeres que, como le pasó a ella una
vez, tienen miedo. Solo que ahora no tienen acceso a quimioterapias, radioterapias ni cirugías para superar la
enfermedad.
De
acuerdo con un reporte realizado por la Red Defendamos la Epidemiología
Nacional, la Sociedad Venezolana de Salud Pública y la Alianza Venezolana para
la Salud (AVS), las deficiencias en la red de salud pública en materia de atención oncológica son
alarmantes.
De un total de 25 unidades de radioterapia externa instaladas
en hospitales de todo el país,
solo funcionan cuatro. Las quimioterapias
de uso más frecuente están agotadas a nivel nacional, según apunta el informe,
y se estima que las intervenciones quirúrgicas
oncológicas se han reducido a la mitad por las precarias condiciones hospitalarias.
Apoyar a las mujeres que comparten esa misma condena es
lo que la hace olvidarse, así sea por breves momentos, de que no cuenta con el tratamiento. “Vamos a terapia
grupal y nos contamos nuestras experiencias. Eso me ha fortalecido”, dice Ana
sobre las dinámicas de Aconvida.
“Ya los niveles de supervivencia están reducidos como
para permitir que haya una recaída. El
problema no es solo la enfermedad,
sino que no estamos en un país que nos apoye y nos garantice el derecho a la salud”, agrega.
Ana protesta cada vez que puede y sigue asistiendo todas las semanas a la
fundación que alguna vez la acogió a ella cuando tenía miedo. “Ahí vamos.
Seguimos guerreando”, menciona tajante.
