Por Rafael Marrón González @RafaelMarronG /
Una
mañana conversaba en mi programa radial sobre la vida de Bolívar y sus mitos y
un oyente me llamó para defender la supuesta predestinación consciente del
futuro Libertador que, según sus palabras “de niño jugaba con soldaditos de
plomo simulando batallas por la libertad comandadas por su precocidad,
preparándose así para el futuro que pacientemente esperaba mientras crecía”.
La
realidad de este “destino manifiesto” es que fue conformado en la mente del
pueblo, durante generaciones, por homéricos maestros, fabuladores histriónicos,
tipo Eduardo Blanco, y poetas ditirámbicos que así lograron masificar un
infalible Bolívar sobrehumano, invencible y delirante a cuya visionaria
elocuencia temblarían los anales del futuro cuyos siglos asombrados penderían
de la profusa dimensión de sus pensamientos validados en broncíneas citas
indiscutibles, que, como triste resultado, lo alejó del pueblo y lo colocó en
inútil adoración perpetua, al servicio de los intereses políticos de las
ambiciones de turno, de ayer y de hoy.
El
bronce ocultó al Bolívar humano
El
bronce y el mármol y el sortilegio de los mitos divinizantes transmigraron la
dimensión demasiado humana del Bolívar real, altivo, humilde, vengativo,
autoritario, cruel, bondadoso, inquieto, justo, injusto, enamorado,
inflexible, terco y genial. Sencillamente un hombre de carne y
hueso, con debilidades, fortalezas, defectos y virtudes, al que los
llaneros llamaban “culo e´ fierro” y los granadinos “longaniza”; el que
se impuso al resto de los prohombres de la independencia americana, además
de por su conocimiento de Europa, por la lucidez y coherencia de su pensamiento
y acción dirigidos hacía un objetivo irrenunciable; el de la indoblegable
persistencia, fortaleza de carácter, capacidad de sacrificio e indomable
fuerza de voluntad; el romántico revolucionario de profundas
contradicciones que aprendió en la amargura que una cosa es el ideal y otra muy
distinta la realidad; el que se sacudía el polvo de las derrotas para
levantarse al aliento de su humana voluntad y continuar la lucha a pesar del
alerta de las heridas, convencido de que “Dios concede la victoria a la
constancia”. Este es el Bolívar, que despojado del oropel artificioso del
altar, es útil al pueblo como egregia referencia de la capacidad del hombre,
varón y varona, para llevar a cabo aquello que como tal se propone.
Una
estatua para el Bolívar derrotado
No
existe una sola estatua que recuerde al Bolívar derrotado del año 14, al de la
Emigración a Oriente, al del exilio de Jamaica, al abandonado de Ocumare, al
desorientado del Rincón de los toros, al desconsolado viudo de 20 años o
al moribundo de Santa Marta que como Alonso Quijano deliraba “Vamonós, vamonós,
que esta gente no nos quiere”. Todos quieren al Bolívar triunfador, de cegante mirada
alucinada, fulgurante de medallas que jamás usó; el de la frente abatida por el
dolor y el fracaso a nadie interesa, sin entender que el Bolívar de la estrella
centellante surgió del Bolívar derrotado y fugitivo de la Carta de Jamaica que
en Cartagena expresara: “...El que lo abandona todo por ser útil a su país no
pierde nada y gana cuanto le consagra (...) Me iré a vivir lejos de mis amigos
y de mis compatriotas, y no moriré por la patria (...) infeliz de mí que voy a
morir lejos de Venezuela, en climas remotos...”. Con el maestro Bellorín
diseñamos una estatua del Bolívar derrotado, sentado en una hamaca, descalzo
con la camisa abierta y mangas remangadas, apoyando su frente en la mano
izquierda mientras sostenía con la derecha una carta que le informaba infaustas
noticias. Algún día alguien recogerá el guante y se atreverá a realizarla.
Inicio
del mito
Los
mitos que rodearán la biografía escolar de Bolívar comienzan en su estadía en
México, camino a España, en 1799,
a los 16 años, negando su incultura y defectuosa
educación evidenciada en aquella su primera carta desde el puerto de Veracruz
que muy mal parados deja a sus maestros de entonces. Según versión
difundida por O'leary, oyó en la casa del Virrey
Asanza, hablar de la Revolución Francesa y emitió una
opinión que ofendió al Virrey que molesto suspendió la
conversación y aconsejó al Oidor "que hiciera
seguir su viaje a aquel muchacho", y debió partir inmediatamente
para Veracruz. Resulta muy difícil de creer que un adolescente de
dieciséis años, sin títulos nobiliarios por añadidura, pudiera discutir
de alta política nada menos que con un Virrey en pleno
absolutimo. El historiador Augusto Mijares
opina en su obra "El Libertador":
"Aunque esta anécdota es muy seductora, nos
parece absolutamente inadmisible. Es preciso
ignorar la cautela con que se habla en los regímenes
despóticos sobre cualquier tema que toque la política, para aceptar que
en el palacio del virrey de México, y ante personas de paso,
se discutiera el delicado tema de la revolución francesa. Menos verosímil
aún es que el niño Bolívar, que pasaba
tantos trabajos para escribir una carta a su tío, se
atreviera a opinar a lengua suelta, sobre acontecimientos que
apenas se conocían en América por algunas publicaciones
clandestinas; y finalmente, llega al absurdo suponer que dentro de
la rígida etiqueta de la época se le permitiera
hacer aquello ante personas mayores y de tal jerarquía, sin
que a lo menos se recurriera a cambiar inmediatamente
la conversación a las primeras palabras del entremetido
forastero".
Mitos
para el orgullo de la clase dominante
Otra
de estas leyendas lo sitúa jugando pelota con el príncipe de
Austria, futuro Fernando VII, tres años mayor que él, y especulan que
en una jugada le tumbó el sombrero de
un pelotazo, y pretenden ver en este accidente un augurio de
lo que en el futuro perdería Fernando, ya rey, con Bolívar.
También se le coloca en la Guardia de Honor de la princesa
María Luisa, futura reina de Etruria, pero tampoco
existe evidencia alguna de esta posición en la corte.
Además es difícil aceptar que un desconocido de ultramar, indiano
para más señas, pudiera desplazar en tan disputado cargo
a los hijos y protegidos de los nobles españoles. Estas anécdotas
falsas que colocan al futuro Libertador en íntima
relación con la corte española, son producto de la
mentalidad aristocrática pueblerina que trata de imponer la tesis
del Bolívar redentor de los oprimidos, pero manteniéndose como
digno exponente de la superioridad de su clase.
Bolívar
no era aristócrata
Olvidan
que Bolívar no fue aristócrata, su familia era
de antigua prosapia caraqueña, descendiente de
encomenderos, fundadores y funcionarios provinciales, y poseía
bienes de fortuna que la nivelaba económicamente con la nobleza, pero que
provenía de provincias pobres de España. Eran funcionarios de la
corona en Venezuela que, a diferencia de la Nueva
Granada, Perú, México, o Argentina, que eran virreinatos, era
una humilde Capitanía General. En aquella época el dinero sin sangre azul
de nada servía, mientras que la sangre azul,
aunque sin dinero, obtenía siempre privilegios. Bolívar,
por lo tanto, no tenía el libre acceso a los
privilegios cortesanos que se le adjudican; y no sólo
él, tampoco los tenían sus tíos Palacios y Blanco,
furibundos realistas.
Y
más mitos
En
diciembre de 1804, según otro mito de O'leary, Bolívar y que
recibió del embajador español una invitación para asistir a la coronación
de Napoleón en la Catedral de Notre Dame, se dice
que la rechazó y se encerró en un cuarto. Imagínense ustedes, por lo
selectivo que es en sus invitaciones un tropical acto protocolar de la toma de
posesión de un intrascendente Presidente latinoamericano, como sería lo difícil
de lograr una invitación para la coronación de un megalómano emperador
victorioso como Napoleón. Los más conspicuos nobles y jefes de Estado se disputaban
el derecho a estar presentes, y va a recibir un joven indiano sin
relaciones con el Estado una invitación nada menos que del Embajador de España
en Francia. Bolívar sí presenció la coronación pero confundido entre el público
callejero. Refiriéndose al acto, posteriormente diría el 10 de mayo de
1828 a Perú de Lacroix: "Vi en París, en el último
mes del año 1804, la coronación de Napoleón.
Aquel acto magnífico me entusiasmó, pero menos su pompa que
los sentimientos de amor que un inmenso pueblo manifestaba por el
héroe.(...) La corona que se puso Napoleón sobre la cabeza la miré
como una cosa miserable y de moda gótica; lo que me pareció
grande fue la aclamación universal y el interés que inspiraba
su persona. Esto, lo confieso, me hizo pensar en la esclavitud de mi país
y en la gloria que conquistaría el que lo libertase; pero
cuán lejos me hallaba de imaginar que
tal fortuna me aguardaba".
Y
otra leyenda
Otra leyenda de O'Leary, que no dudamos en
considerar falsa, cuenta que durante su estancia en Roma, Bolívar,
también y que por invitación de la embajada española, visita
al Papa Pío VII quien le tiende el pie derecho calzado con una lujosa
sandalia con la Cruz bordada en oro, para que se lo besara, Bolívar
se niega indignado, el Papa desairado dice "dejen al indiano hacer lo que
le plazca". Augusto Mijares, pionero en estas lides
desmitificadoras, opina que lo que narra O'Leary sobre la actitud
de Bolívar frente a Napoleón y esta
anécdota tienen semejanza muy sospechosa, y
acota: “...es imposible admitir que el joven caraqueño, sin ninguna
categoría especial, ocupara el primer puesto al lado del embajador".
Mitos para el personalismo
Atado
al carro de los mitos bolivarianos se erigió el personalismo político en
Venezuela, inaugurado por el “autócrata civilizador”, Antonio Guzmán Blanco,
fundador del culto bolivariano, para justificar su propio culto. El Panteón
nacional, la moneda y las plazas y calles Bolívar en todo el territorio
nacional, derivaron en religión paroxística con el chavismo. Bolívar,
particularmente, despreciaba el personalismo y la única medalla que uso con
orgullo fue la de George Washington, regalada por la viuda del héroe
estadounidense al héroe sudamericano, por eso no puedo aguantar la risa cuando
veo el medallero cuajado en el pecho de algún general de batallas perdidas con
la dignidad.
En conclusión
Mitos,
mitos que deifican las acciones superiores del hombre, condenando al héroe a un
eterno gravitar sobre pueblos encadenados por la ignorancia y los vicios
estimulados por la recurrente demagogia, con la promesa imposible de una
redención que en realidad está en la voluntad individual como ejemplifica
magistralmente la inmensa obra del Bolívar humano.

