Richard Casanova | @RichCasanova /
Nadie podrá cambiar la realidad si no
tiene -como mínimo y entre otras cosas- una caracterización precisa de ella y
una valoración adecuada de la coyuntura. A tales fines, de pronto en la
medicina encontramos un concepto que nos ayuda: "La catatonia es un
síndrome neuropsiquiátrico caracterizado por anormalidades motoras, que se
presentan en asociación con alteraciones en la conciencia, el afecto y el
pensamiento". ¿No es una buena descripción de la situación actual? En
efecto, el país pareciera en estado catatónico. El régimen ha librado una guerra sicológica con éxito
-por ahora- para dividir a la sociedad democrática, sembrar desaliento, instalar
la idea de que no hay más alternativa que resignarse, ponerse de rodillas o
irse del país. Esa operación sicológica -más que el CNE- le ha permitido algo
insólito: ganar elecciones siendo una penosa minoría y lo peor, que la gente
crea que pueden seguir ganando, sin importar la tragedia que hoy sufre la
población.
Una parte del país se paraliza y otra
dispara hacia su propia trinchera. La mejor expresión del
"éxito" oficialista es la estúpida y suicida agresión de opositores
contra opositores, como si el enemigo no estuviera claramente identificado en
la acera del frente. Así las cosas, nuestra realidad puede entenderse como
"un síndrome neuropsiquiátrico". Superarlo es la clave para salir de
la crisis y los síntomas de una franca recuperación serían: una unidad
monolítica y una actitud proactiva de esa mayoría que es hoy el país
democrático. La "anormalidad motora" asociada al estado catatónico del país no es sólo la
parálisis del aparato productivo, el colapso en ciernes de los servicios
públicos o la incapacidad del régimen para generar soluciones; hay que
reconocer también nuestra inmovilidad como sociedad. El país se cae a pedazos pero cada quien
atiende su propia emergencia, "nadie" reacciona, la mayoría espera
que otro resuelva el problema y saque al gobierno. Lo más común es asignar la
responsabilidad a "los políticos" y descalificar a quienes hoy asumen
el riesgo de hacer política contra la dictadura. Tal cosa no es racional
y unificar al país exige cordura. Tampoco se trata de desconocer que el
liderazgo (no sólo político) ha cometido errores, tiene una cuota mayor de
responsabilidad y la obligación de dar conducción al proceso. Más bien se trata
de poner fin al juego de culpar al otro, bien sea al imperio, la derecha o la
guerra económica; o que siendo opositor, crea que los responsables son la MUD,
sus líderes o partidos, en cuyo caso -si no se ha dado cuenta- usted opina
exactamente igual que Maduro y Diosdado Cabello. Obvio, en estas condiciones se dificulta
movilizar al país.

