El
problema de la redistribución chavista de la riqueza es que viola todo
principio de rectitud. Honestamente nadie que considere mínimamente que
la coherencia en las políticas públicas es necesaria, podrá convalidar
la actuación económica del chavismo en estos 18 años. Honestamente es
imposible. Sólo a través del lente de una ideología completamente
degradada, o por ignorancia, o por corrupción, es posible avalar tanta
mediocridad y desenfreno. El chavismo despilfarró mucho más de un millón
de millones de dólares, multiplicó la deuda externa, destruyó el
aparato productivo nacional y a la única proveedora de dólares, Pdvsa; y
todo para imponer un esquema de dominación cruel, salvaje e inviable.
Pero, dirá usted, si es así, cómo es que sigue allí. El problema es que
la discusión por el principio de rectitud también hay que darla del lado
de la oposición democrática, porque no basta con que el régimen sea un
fracaso, es preciso que la oposición no lo sea.
Ahora
bien, una cosa debería lucir segura: nunca vamos a descubrir dónde y
cómo encontrar la rectitud si rechazamos la autocrítica, si nos dejamos
motivar únicamente por intereses particulares. Si primero cuenta mi
proyecto político o la consecución de un cargo, antes que transformar la
realidad venezolana, estamos perdidos; si todo en el liderazgo opositor
es deseos y objetivos en conflicto y parcelas de poder, no habrá
salida. El liderazgo político debe decidir para qué quiere ser
oposición. Si no tiene voluntad de poder o se van a comportar como quien
barre la basura que arroja el otro, para mantener un falso equilibrio
en la miseria y proponer aquí o allá cómo hacer para que pasemos menos
hambre, en lugar de denunciar el hambre y a quien lo genera y hacer
política firme, estamos perdidos. La oposición tiene que entender que es
imposible corregirle la tarea al régimen, que para eso no los elegimos.
Debe querer superar al régimen. Debe asumir su responsabilidad.
Entonces recuperarán la credibilidad y el apoyo.
