A pesar de los oscuros momento que nuestra
sociedad vive actualmente, producto de esta crisis humanitaria cuya raíz está
fundamentalmente en el modelo político y económico que desean imponer desde los
mullidos sillones del usurpado palacio de Miraflores, todos los venezolanos de
verdad deberíamos guardar el siguiente credo para los momentos en que estemos
desesperanzados:
Creo en el país que yace bajo el asfalto y la
mediocridad derivada del populismo, creo en esta nación que vibra a pesar de la
crisis, creo en la república rediviva que cada día se levanta temprano y le
pone el pecho a los retos para enfrentarlos y crecer en medio de tanta
desgracia, creo en el trabajador incansable, en el que vende lo que puede a
orillas de la carretera, creo en la santa trinidad del trabajo, la dignidad y
el orgullo de ser tricolor, creo en la verdad de los que se quieren comer el
mundo aunque no tienen alimentos en su mesa, creo en la esperanza del que se
acuesta sin sueños, en la resurrección de mi tierra, de mis raíces, de mi
cultura manoseada a conveniencia del gobernante de turno, creo en la lucha por
la libertad como un bien necesario y en constante reclamo, creo en mi patria,
santa que alguna vez fue virgen y que hoy, ultrajada por políticos, caudillos y
demás alimañas, muere de mengua solo para resucitar limpia como antes, creo en
el esfuerzo de los que creen y crean cada día las condiciones para construir un
país de primera en lugar de uno de cuarta, de quinta o de sexta, creo en la
democracia y en el poder del fuero civil como forma de conducción política,
creo en VENEZUELA, que es sin duda, el mejor país del mundo.

