La
palabra farsa tiene distintas acepciones o significados, pero el que nos
interesa es el de una acción realizada para fingir o aparentar… De eso se trata
la convocatoria de elecciones presidenciales efectuada por la llamada
“plenipotenciaria” asamblea constituyente. Se busca fingir o aparentar que en
Venezuela habrá unas elecciones presidenciales de corte competitivo, cuando
todo el mundo sabe –o debería saber, que eso no es así; que esos comicios son
confeccionados para darle continuismo a Maduro al frente de la hegemonía roja.
Sin
embargo, ya se barajan varios nombres de proto-candidatos en el ámbito de la
oposición política, y como el madrugonazo electoral hace casi imposible la
celebración de unas primarias, tal parece que el método de escogencia de la
candidatura sería el consenso entre los factores político-partidistas que
pertenecen a la Mud. Y quién sabe, a lo mejor hay más de un candidato que se
considere representativo del no-oficialismo.
En
esta ocasión, aún más que en las previas a lo largo del siglo XXI, la
convocatoria electoral es notoriamente favorable a los intereses del poder
establecido. Y desde luego, el CNE ya empezó a colocar los consabidos
obstáculos, y otros nuevos que se están agregando al repertorio que configura
un “sistema electoral” al servicio de la hegemonía despótica. Lo cual es mucho
más anti-democrático que el mero ventajismo.
Todas
estas cosas se repiten y repiten, y sin embargo no parecen hacer mucha mella en
los que se adhieren a la premisa de que una salida constitucional a la tragedia
venezolana, sólo puede iniciarse a través de unas elecciones manejadas por el
CNE, en su conformación presente. Esa premisa es inválida, y por lo tanto los
sesudos razonamientos que se deriven de ella, podrán sonar sugerentes, pero
están equivocados, porque el fundamento sobre el cual se asientan tiene la
solidez de una arena movediza.
La
Constitución, por cierto, es muy amplia en cuanto a los caminos que se pueden y
deben transitar para encontrar una salida constitucional a la tragedia
venezolana. No es fácil entender el empecinamiento en darle legitimidad a unas
elecciones ilegítimas, no sólo por el convocante, sino por su caracterización
de proceso en conformidad con el poder hegemónico.
Una
farsa tiene, por definición, a unos participantes, o los farsantes que realizan
la acción para fingir o aparentar. De éstos hablaremos en una próxima entrega.
